Georg Cantor, un matemático alemán del siglo XIX, revolucionó el mundo de las matemáticas con sus teorías sobre el infinito. Antes de él, el infinito era solo una idea filosófica abstracta. Cantor fue el primero en demostrar que no todos los infinitos son iguales, y que existen diferentes “tamaños” de infinitos. Su trabajo dio lugar a la teoría de conjuntos, una de las bases fundamentales de las matemáticas modernas. Sin embargo, su obsesión por los números infinitos lo llevó a luchar no solo contra los límites de las matemáticas, sino también contra los de su propia mente.
Mientras desarrollaba sus teorías, Cantor enfrentó una fuerte oposición de sus colegas, especialmente de Leopold Kronecker, otro destacado matemático que rechazaba sus ideas. Las críticas no solo desacreditaban su trabajo, sino que también lo afectaban profundamente a nivel personal. Esta constante presión comenzó a pasarle factura.
A lo largo de su vida, Cantor sufrió múltiples episodios de depresión severa y crisis nerviosas. De hecho, pasó varios periodos internado en hospitales psiquiátricos. Aunque su genialidad fue indiscutible, muchos creen que su obsesión por el infinito contribuyó a su deterioro mental. Las ideas sobre la naturaleza del infinito y sus luchas con la aceptación de su trabajo lo llevaron a un punto donde realidad y abstracción parecían mezclarse.
Una de las teorías más trágicas y especulativas es que su constante reflexión sobre lo infinito y sus implicaciones filosóficas lo sumergieron en una espiral de ansiedad y angustia. Cantor murió en 1918, después de pasar los últimos años de su vida en una institución psiquiátrica, sin recibir el reconocimiento que merecía en su tiempo.
Hoy, sus aportaciones son fundamentales para muchas áreas de la ciencia y las matemáticas, pero su historia recuerda los peligros de obsesionarse con los límites de lo incomprensible.
